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Robert James Fischer, de heroe nacional a traidor de la patria

Mucho se ha escrito durante los últimos meses sobre la detención del ex-Campeón Mundial de Ajedrez, Robert James Fischer, en el aeropuerto japonés de Narita cuando intentaba tomar un vuelo hacia Manila (Filipinas). El ajedrecista de 61 años fue apresado el pasado mes de julio por la posesión de un pasaporte ilegal. La justica estadounidense se lo había cancelado por haber violado en 1992 el embargo impuesto a Yugoslavia tras aceptar jugar una millonaria revancha ante su viejo rival, el ruso Boris Spassky. Diversos estados como Islandia han ofrecido al carismatico jugador derecho de asilo pero, la presión diplomática de EEUU ha hecho que finalmente retiraran su invitación. Sin embargo, la cuestión a tomado en los últimos tiempos un punto de vista propagandístico y sensacionalista. A ello ha contribuido en gran medida el que Fischer, tras 12 años en silencio, volviera a reaparecer para alabar los atentados sufridos por Estados Unidos el 11 de septiembre en una entrevista concedida a una emisora de radio filipina. Para agravar más si cabe su situación el excéntrico ajedrecista de madre judía, también a levantado polémica con sus comentarios antisemíticos.
Paradójicamente, la situación se torna irónica si pensamos que Robert Fischer también contribuyó a la grandeza del Imperio Norteamericano. Su victoria en 1972 ante el soviético Boris Spasski en pleno auge de la Guerra Fría devolvió al pueblo americano en parte, la confianza perdida por las dificultades militares de entonces en la guerra de Vietnam. Fischer puso un grano de arena en el levantamiento de la moral de su país con la conquista del Campeonato Mundial ante un representante del enemigo comunista. El "macth del siglo", como fue calificado por muchos, no solo resultó un encuentro memorable en el plano deportivo, sino además más cargado de implicaciones políticas para los comentaristas, que lo convirtieron en una prolongación de la Guerra Fria. El secretario de estado Henry Kissinger llegó a pedirle que ganara por el honor de la patria.
Si alguna persona, en la actividad que desarrolla y en su propia época, ha sido elevada por la opinión unánime del público a la categoría de leyenda, ese es sin duda Bobby Fischer. No es exagerado afirmar que en el ajedrez existe un antes y un después de Fischer; que tras su irrupción en el mundo del tablero, hasta los más profanos comenzaron a tomar interés por los diferentes aspectos relacionados con el mundo de las 64 casillas. Las razones han sido muchas y variadas, desde su singular capacidad para el ajedrez hasta las dificultades en establecer ese límite entre lo genial y lo excéntrico que rodeaba cualquiera de sus sorprendentes decisiones, sobre todo la que le determinó a abandonar de una vez por todas el ajedrez cuando se hallaba en la cúspide de su carrera.
El mundo conoce y admira a Fischer por su condición de ser un excepcional ajedrecista, no por su personalidad rebelde. Sus desafortunados comentarios provienen, sin duda, del resentimiento a un régimen que le utilizó cuando le fue necesario y que ahora le persigue en su peor momento.

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